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Cuerpo de Mujer, Cuerpo de Victima, Cultura del Silencio

In Education, Hispanic/Latino, Prevention, Sexual Assault Awareness, Trauma on February 24, 2011 at 8:00 am

 

Cuerpo de Mujer, Cuerpo de Victima, Cultura del Silencio

 Las violaciones a mujeres,  son una realidad mundial. Tanto en los países ricos como en los pobres, pese a las diferencias culturales, religiosas y sociales las mujeres siguen consideradas frecuentemente como meros objetos.

 En épocas de guerra, en el cuerpo de la mujer se ha escenificado  el odio hacia el enemigo y las ansias de su destrucción: la violación puede ser pública, en presencia de sus familiares; a padres y familiares se les fuerza a su vez a violar a sus hijas y seres queridos. Mujeres, niñas y niños serían las victimas escogidas. Todo en un intento de anularles como personas y de perpetuar la victoria sobre la comunidad sojuzgada cargando a sus mujeres con los hijos de sus enemigos.

 La violación es el crimen de profanación por excelencia contra el cuerpo femenino, y, consecuentemente, contra toda promesa de vida del conjunto de la comunidad.

 Desde el momento en que se llama violación a una violación, todo el mecanismo de vigilancia de las mujeres se pone en marcha: y se inicia el control social: ¿y ahora que vas a hacer?, ¿quieres que se sepa lo que te ha sucedido? ¿Que todo el mundo te vea como a una mujer a la que eso le ha sucedido? Y de todos modos, ¿cómo es posible que hayas sobrevivido sin ser realmente una mujer de la calle, que no vale? Una mujer que respeta su dignidad hubiera preferido que la mataran. Entonces la  supervivencia, de haber quedado con vida, es un delito, es una prueba que habla contra la victima/sobreviviente.

 Porque lo digno dentro de la cultura machista debería ser  que la mujer quede traumatizada, que sea víctima,  y después de una violación, hay una serie de marcas visibles que deben ser respetadas: tener miedo a los hombres, a la noche, a la autonomía, que no le gusten el sexo ni las bromas. Eso se lo repiten de todas las maneras posibles: “es grave, es un crimen, los hombres que te aman, si se enteran, se van a volver locos y te rechazaran, porque no tienes nada que ofrecer”. Así que el consejo más razonable, por diferentes razones, sigue siendo “guarda eso en  secreto, en lo más privado”.

 Es el silencio la mejor opción si es que la mujer  consigue salir viva de ese infierno, de ese trauma irrecuperable. Entre las frases más comunes de los familiares durante las denuncias son de culpa: “pero viste, yo te dije, ¿para qué fuiste a ese lugar, vestida de esa manera?”, o de negación: “bueno, terminemos todo rápido, no hablemos más de esto”, o la madre que dice “justo a mí me tuvo que pasar esto”. Entonces las víctimas terminan haciéndose cargo de lo que le pasa a la familia, callando, dejando sus historias guardadas.

 Sumada a esta cultura del silencio, se añade a esta violencia de género, el hecho de ser mujeres emigrantes,  que en busca de mejores oportunidades de vida, se enfrentan  en mayor o menor grado durante el traslado, y su permanencia trabajando  en un  país desconocido, en el que enfrentan una serie de barreras de ley, idioma y vulnerabilidad por no tener redes sociales y familiares, es significativo que tales agresiones casi nunca se denuncian ante las autoridades locales, federales  según las protecciones que hay el país,  pues están acostumbradas a callar, a no denunciar, consideran que lo sucedido es parte de sus vidas.

 Las mujeres latinas inmigrantes, vienen de la cultura de la no denuncia, de países en guerra internas, con desastres naturales,  de la violencia social y la pobreza.   Cualquiera que sea su lugar de origen, durante el proceso de traslado y cruce hacia los Estados Unidos, si carecen de los documentos migratorios correspondientes, se ven obligadas a traspasar la frontera por sitios solitarios, como ríos, montañas o desiertos que las exponen a sufrir las situaciones ambientales y desorientación por desconocer esos territorios.

 Además para protegerse de la autoridad migratoria estadounidense y del clima extremo, los grupos de migrantes buscan caminos alternos que no son frecuentados y que aprovechan las bandas delictivas. Los asaltantes saben que por ciertos caminos pasará un grupo con mujeres que desconocen el camino y son su principal objetivo para cometer agresiones.

 Las mujeres migrantes enfrentan problemas adicionales relacionados con su condición de género que, por su naturaleza, no han denunciado y que también ocultan los medios de comunicación. Ante esa situación, se hace imposible que tales violaciones sean investigadas y consecuentemente, mucho menos que se adopten medidas para remediarlas.

 En el traslado a los Estados Unidos, las mujeres enfrentan acoso sexual, solicitud de favores sexuales a cambio de protección, sufren en algunos casos de violación con daño físico y emocional por parte de sus mismos compañeros de viaje, particularmente cuando viajan solas. También los llamados “polleros”  ó” coyotes” y/o las autoridades involucradas en el tránsito hostigan a las mujeres migrantes.

En muchos  casos de violaciones de “polleros”/”coyotes” o de personas ligadas con ellos. Al profundizar en el tema, las mujeres que deciden buscar ayuda, han revelado que la necesidad las hacía “prestarse” y dejarse violar para continuar con vida.

 En otros casos, tras sufrir una violación, las mujeres se avergüenzan del hecho. En esa situación de debilidad emocional, deciden cambiar su destino original  hacia los  Estados Unidos y “con ayuda del pollero”/”coyote” son trasladadas a negocios ligados a la prostitución “para trabajar”.

 El mecanismo que sigue el traficante de personas para abusar de una mujer migrante es el siguiente: seleccionan a las mujeres jóvenes, incluso a aquellas que viajan acompañadas, argumentan que les brindarán más seguridad y las conducen hacia parajes solitarios. Por la noche, un grupo de hombres que previamente le pagaron al “pollero”, las violan varios hombres en la misma noche.

 De este modo, los traficantes de personas obtienen ganancias por el cobro del cruce, por la venta de las mujeres y obtienen además una comisión si la mujer decide caer en una casa de citas.

Ser mujer migrante  implica más desventajas y riesgos en los Estados Unidos, sobre todo cuando –como en los casos de varias de las mujeres latinas – se carece de experiencia migratoria y de los documentos legales correspondientes, y se es muy joven o no se cuenta con familia confiable.

 Cuando la mujer migrante finalmente,  se atreve a romper el silencio, ya sea porque llega a un hospital, o porque  llega a una Organización sin fines de lucro, donde la reciben, para apoyarla y la orientan de manera que ella conozca que es su derecho a denunciar, que no está sola, se inicia un proceso de recuperar su voz, su cuerpo y su derecho de tener una vida con dignidad.

Leslie Moncada, Consejera Latina

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